De estilos y estilachos…

Tengo la (mala) costumbre de estar lista siempre por lo menos 15 minutos antes de lo que debería. Si me dicen a las 7:00, yo a las 6:45 estoy totalmente lista y esperando como un clavel. Hoy en día lo hago sin atolondramiento, pero por allá en los años 80 (Ojo que vieja es la Mona Lisa, yo solo tengo experiencia) me era un poco más complicada la cosa. Hagamos un breve recuento del proceso de “embellecimiento” de la época y entenderán el porqué.

Luego de la rutina obvia de higiene personal (bañarse, cepillarse los dientes, etc) venía la “etapa de acicalamiento” . Asumiendo que ya mis uñas estuviesen perfecta e impecablemente pintadas bien sea con algún color fosforescente o con el Baby Pink de Valmy (aquel que era como una especie de Tipp-ex con tonalidad rosada) tocaba el tema del cabello. Lo primero: peinarse, pero con mucho cuidado de que el cabello no quedara “peinado”. Es decir, había que usar un peine —Dios nos libre de encontrarnos en el camino uno de esos cepillos de esqueleto— que tuviese los dientes lo suficientemente separados como para que soltara los nudos, pero sin desbaratar los “rulos” que con tanto esfuerzo de no peinarnos habíamos logrado. Era tarea difícil.

Posteriormente, sacábamos aquel pote verde que decía “Savia” y comenzaba un proceso de embadurnamiento masivo, rulo por rulo, haciendo un movimiento extraño de abajo hacia arriba como agarrando-soltando-agarrando-soltando. De suma importancia controlar la cantidad de savia, porque si era mucho, el cabello parecía sucio y no se veía “natural”. Mientras el cabello absorbía el líquido verde y espeso, era importante aplicar la primera capa del delineador en los ojos, para que estuviera seca luego. Dependiendo del atuendo, podía ser negro, verde, o un azul eléctrico que usábamos que jurábamos que nos veíamos regias, cuando en realidad parecíamos una especie de vacas recién paridas con los ojos encandilados. Pero bueno, era la moda. Luego de aplicada la línea superior e inferior de los ojos, continuábamos con el cabello. Pieza importantísima de los artilugios femeninos —casi tan importante como es la plancha hoy en día— era el difusor. Para quienes no lo saben, esto era una especie de campana tapada en su base pero con muchos huequitos, que se colocaba en el secador de pelo y cuya función era que el aire caliente saliera como en “hilitos”. Difusor en una mano y con el mismo movimiento de agarra-suelta-agarra-suelta, íbamos perfilando aquel maravilloso peinado despeinado que nos daba un aire natural como si acabáramos de llegar de la playa. Terminado el proceso y con mano y brazos adoloridos de tanto agarra-suelta, utilizábamos un potecito blanco con spray llamado “Final Net” que daba el toque de acartonamiento, para que el peinado “natural” no se deshiciera. En este punto, tomábamos una porción del cabello justo encima de la frente que ya cada quien tenía medido según su gusto, se le daba una vueltica y se aseguraba con un montón de ganchos para lograr aquella “bombita” que era similar a la cresta de un pavo real, no por lo bella, sino por el orgullo con que la lucíamos. Voilá! Habían pasado entre 30 y 35 minutos solamente en el cabello.

Las cejas. Nada de sacarlas, ni tatuarlas, ni nada que se pareciera. Se usaban “al natural” aunque yo más bien diría “salvajes”. Para someterlas, usábamos un cepillito de cejas embadurnado en gelatina —aunque Avon sacó un producto que no era más que un potecito de rimmel con su cepillo que venía con gelatina— y las peinábamos hacia arriba para que se vieran “organizadas”. Listas las cejas y seco el delineador, colocábamos las sombras, abarcando todo el párpado y con colores escandalosos. Y por supuesto, el labial Valmy Baby Pink, que ese sí era impelable en los labios. También se usaron mucho unos labiales que cambiaban de color cuando te los aplicabas, pero que resultaron ser medio desastrosos porque eran como indelebles pero se regaban, así que si andabas con el noviecito y se daban unos besitos —latas para la época— terminabas pareciendo que habías peleado con un payaso.

Procedíamos entonces a ponernos los pantalones Pepe—a la cintura, por supuesto— o en su defecto Wrangler o Branger, como dirían lo que hoy llamaríamos Tukkys. Como no eran ni tubito ni anchos, se tomaba lo que sobraba en la parte de abajo para que quedara bien pegado y se hacían dos o tres dobleces hacia arriba, a modo de ruedo. También se usaron mucho los pantalones con estribos, que eran como una especie de los leggings de ahora, pero con uno huecos por donde meter los pies que daba la sensación de que uno era familia de Bambi, por las piernas como estiradas. Luego media sobre media —de dos colores distintos— y los impelables botines Reebock. También se usaron mucho los zapatos Mimi’s y los Vans, pero los botines eran las estrellas del cuento. Si eran los pantalones con estribo, con unas zapatillas bajitas bastaba.

A continuación venían las hombreras, cuyo tamaño dependía en realidad del gusto del consumidor. Franelón o blusa dos tallas más grande encima y podía usarse o no unos cinturones anchísimos como de ligas, que le daban a uno aquel aire de hallaca-mal-amarrada elegantísima.

Ya casi listas, venían los accesorios. Perfume Color’s de Benetton. El infaltable Pop Swatch. 6 o 7 pulseritas de cordón con doble nudo, preferiblemente fosforescentes y que podían ponerse unas con el reloj y otras en la mano libre. Unos 3 o 4 brazaletes tejidos y, por supuesto, unas 30 o 40 liguitas negras de potes de compotas. La cartera variaba: podía ser un bolso Romano, una cartera transparente de acrílico o alguna cartera de acetato de colores escandalosos. Los zarcillos y collares, seguramente serían de plástico y los colores dependerían, obviamente del atuendo.

Como supondrán, ya estaba tarde. Pero con mi total elegancia, salía mandada a la calle, donde ya me esperaban en la Wagoneer dorada, mi noviecito de la época con su franela Polo, sus jeans Pepe, sus zapatos Sebago y la colonia Polo también (o en su defecto Off Shore), gritando que me apurara porque íbamos a llegar tarde a El Poliedro. Un grupo que traía a todos vueltos locos, se presentaba en Venezuela por primera vez. Eran 4 panas y se llamaban Hombres G…

Tutu Domínguez
Tutu DomínguezDiseñadora Gráfica
Madre enamorada de sus hijos. Supermujer. Feliz. En Santa Cruz de Tenerife.
2018-07-08T17:55:52+00:00

Retro Ranking

Ver Ranking completo

RetroPana solo debes ingresar
y estarás en el Ranking

Iniciar sesión